La vida en la trinchera.

El fracaso alemán en la guerra de movimientos hizo que pasara a la fase de estancamiento o guerra de posiciones, y se construyesen kilómetros de trincheras. Esta es la imagen que ha perdurado de la Gran Guerra, sobre todo las del frente occidental, en el que se abrieron desde Suiza hasta el mar del Norte. A partir de noviembre de 1914 los soldados tuvieron que enterrarse para sobrevivir.

Los ejércitos de ambas alianzas fijaron sus posiciones en un sistema defensivo paralelo, sin que ninguno lograse avanzar. En la nueva forma de guerra predominaban los métodos defensivos frente a los ofensivos. Las trincheras tenían por objeto proteger a los soldados propios frente al fuego enemigo y obstaculizar el avance de los contrarios.

Las trincheras comenzaron a construirse como un sistema defensivo provisional, pero con el tiempo se hicieron más sofisticadas y se convirtieron en una forma de vida para millones de soldados. Los alemanes se mostraron como auténticos maestros en el arte de la fortificación e hicieron las mejores, con pasadizos, laberintos y abrigos, y en algunos sectores realizaron hasta tres trincheras independientes, en ocasiones reforzadas con hormigón e incluso alumbradas con electricidad. Los ingleses les imitaron, pero franceses y rusos las prepararon con menos cuidado porque no imaginaban que permanecerían en ellas durante tres años.

La construcción de las trincheras requería un gran esfuerzo. Lo primero era cavar las zanjas, colocar las alambradas (de alambre de espino), maniobra peligrosa por la exposición a los disparos de las ametralladoras enemigas; y después se colocaban sacos de tierra para protegerse de la artillería y de los bombardeos. El suelo de las trincheras solía cubrirse con tablas de madera, sobre todo en los campos de batalla de Flandes, siempre inundados. Los únicos “refugios” disponibles para los soldados eran unos cubículos subterráneos cavados en la tierra, semejantes a las galerías de las minas. Las trincheras también contaban con puestos vigías, que vigilaban día y noche.

Cada trinchera tenía su propio nombre, ya que era fácil perderse en esos auténticos laberintos. El conocimiento de las calles era fundamental para localizar un punto, la posición de alguna unidad o de un soldado concreto. Las trincheras albergaban a los combatientes de primera línea y se comunicaban con la segunda, donde se encontraban los puestos de mando, socorro y radio, a través de estrechas galerías.

Los ataques para tomar una trinchera eran prácticamente misiones suicidas y la táctica para tener éxito permanecería inalterable. Para aquellos hombres, todavía había algo peor que estar atrincherados: el momento en el que los oficiales hacían sonar sus silbatos. Tras el lanzamiento de una lluvia de bombas para neutralizar el fuego enemigo y forzarle a abandonar sus posiciones más adelantadas, los soldados, cargados con el fusil y una pesada mochila, debían trepar por la pared de la trinchera, salir a “tierra de nadie” y avanzar amparados por la cortina de humo a través de un mar de cráteres bajo el tableteo de las ametralladoras enemigas. El objetivo era abrir las alambradas y que los enemigos no tuvieran tiempo de salir. Ambos bandos acabaron organizando un sistema defensivo casi perfecto, invulnerable hasta la irrupción de los tanques británicos.

Las trincheras fueron descritas como una “sepultura de fango y balas”. Aquellos lugares estaban impregnados de tragedia, muerte y destrucción. La vida diaria de los soldados estaba anclada en una tediosa rutina: comían, dormían, hacía sus necesidades, jugaban y, sobre todo, se aburrían. Durante las horas de luz, debían mantenerse ocultos, a salvo de los francotiradores enemigos y de los observadores aéreos, por lo que pasaban horas durmiendo en los refugios o escribiendo diarios y cartas. Esta relajación nunca podía ser completa, siempre podía llegar un ataque de la infantería enemiga, una salva de proyectiles o lo que era más temido, un ataque de gas. Para este último caso, existía una campana para dar la alarma y en pocos segundos los soldados debían colocarse la máscara, su seguro de vida, de la que nunca podían separarse.

Al llegar la noche no había lugar para la pereza. Sin el temor de los francotiradores, se iniciaba una carrera frenética por reparar las alambradas, cavar nuevas zanjas y enviar patrullas para obtener información de las posiciones enemigas. Los soldados también debían permanecer alerta ante posibles ataques.

El ruido de las bombas enemigas hacía que los soldados padeciesen un miedo constante, sin olvidar el terror que provocaron los gases tóxicos y la necesidad de tener siempre a mano la máscara antigás. Los hombre sufrían un frío y una humedad intensos al estar cerca del barro (a veces pegajoso al mezclarse con la sangre de los muertos) y cubiertos por el cielo raso. La ropa estaba casi siempre húmeda y los soldados no podían cambiarse durante varios días. La suciedad, el insomnio, la falta de condiciones higiénicas y la mala alimentación eran una constante. La alimentación se cubría con latas de carne enmohecida, galletas duras o productos enviados por sus familiares en paquetes, aunque lo más deseado, sobre todo en invierno, era una reconfortante sopa. En numerosas ocasiones, el único agua disponible era la que había quedado encharcada tras los bombardeos, con el consiguiente riesgo de infección. sin embargo, el vino abundaba, sobre todo, en las filas francesas.

La mortificante presencia de los bichos, sobre todo de piojos y ratas, que se alimentaban de los cuerpos caídos en combate, era otras de las pesadillas y hacía que la vida fuera casi insoportable. Uno de los mayores placeres era matar con sus propias uñas a estos pequeños insectos que inundaban los uniformes, pero era una batalla perdida, ya que volvían a reproducirse sin ningún problema. Periódicamente, los hombres eran enviados a la retaguardia para despiojarse, lavarse y coger la ropa limpia, pero cuando volvían los piojos inundaban sus uniformes.

El goteo de bajas era continuo por la enfermedad conocida como “pie de trinchera”, causada por la humedad, que en ocasiones requería la amputación de la extremidad afectada. La infección de una pequeña herida podía resultar muy grave ya que aún no existían los antibióticos. A causa de la falta de higiene, el tifus, el cólera o los parásitos intestinales causaron verdaderos estragos entre los soldados. La costumbre de dejar los cadáveres en el campo de combate o clavados en las alambradas también contribuyó a que proliferasen enfermedades de todo tipo. Algunos hombres quedaban paralizados, aturdidos, sufrían crisis nerviosas y eran incapaces de luchar. A los que no se acusaba de cobardía, tenían la suerte de ser atendidos por un psiquiatra, que les diagnosticaba una difusa enfermedad nerviosa, que en realidad se denomina “neurosis de guerra” o “estrés postraumático”. Algunos decidieron desertar y otros autolesionarse para ser enviados a la retaguardia, pero los que decían haber recibido un disparo en el pie o en la mano eran examinados minuciosamente para detectar posibles simulaciones. Si hallaban pólvora en la herida, significaba que el disparo se había efectuado a corta distancia. Casi todos los lo intentaron acabaron en un consejo de guerra.

Sin menospreciar los horrores y sufrimientos, la idea que se tiene sobre la vida en las trincheras se encuentra lastrada por algunos tópicos, que sitúa a los soldados durante varios meses en primera línea y en una dinámica de frecuentes combates. En realidad, los hombres permanecían en el frente alrededor de un mes al año y el periodo durante el que quedaban bajo el fuego enemigo podía ir de uno a quince días. Después, eran trasladados a una segunda línea o a la retaguardia para realizar labores de apoyo, donde pasaban unos cinco meses. El resto del año se encontraban de permiso, en campos de entrenamiento o en los cuarteles de su país.

 

(Fuente: Pizarro Alcalde, F. y Cruz Pazos, P.: Empatía en clase de Historia: los alumnos serán soldados de la Primera Guerra Mundial, pp.9-11.)

 

 

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