Un barrio de París antes de la Revolución Francesa. Charles Dickens en “Historia de dos ciudades”. Libro Primero. 5. La taberna.

“Y ahora que la lobreguez envolvía de nuevo a San Antonio, al que un momentáneo destello había sacado de su santo recogimiento, los tonos tétricos imperaban por doquier: frío, mugre, enfermedad, ignorancia y hambre formaban la distinguida corte del santo, magnates todos de inmenso poderío, pero muy particularmente el último de ellos. Tiritando en todas las esquinas, entrando y saliendo por todas las puertas, asomadas a todas las ventanas, temblando bajo toda suerte de harapos que agitaba el viento, veíanse las muestras vivas de un pueblo que había sido prensado y triturado una y mil veces entre las piedras del molino, y no precisamente el legendario molino que transforma a los viejos en jóvenes llenos de vida, sino bien al contrario, el que hace viejos a los jóvenes. Los niños tenían cara de ancianos y hablaban con voz grave y triste. Y en todos ellos, en los semblantes adultos, labrado en los más hondos surcos de la edad y aflorando con tenaz reiteración, destacaba ese signo: el Hambre. Reinaba en todas partes. Hambre desbordando de las altas casas, agarrada a la mísera ropa tendida en cuerdas y palos; hambre pregonada por los mil parches y remiendos que parecían querer taparla dondequiera, hechos de paja, trapos, madera, papel; hambre repetida en cada trozo de la escasa provisión de leña que serraba el aserrador, en la mirada atónita de las chimeneas sin humo, levantada en tolvaneras del sucio arroyo, que entre sus basuras no ofrecía restos de nada mínimamente comestible. Hambre era la inscripción que se leían en los anaqueles del panadero, escrita en cada panecillo de su mísero surtido de pan detestable; en la salchichería, en cada embutido de perro muerto puesto a la venta. Hambre que hacía sonar sus resecos huesos entre las castañas que daban vueltas en el asador. Hambre desmenuzada en átomos en cada escuálida ración de patatas fritas con unas cicateras gotas de aceite.

Había sentado sus reales en todo lo que con ella hacía juego. De una estrecha y tortuosa callejuela, llena de las peores inmundicias y de los más insoportables hedores, salían otros callejones no menos tortuosos y estrechos, poblados todos de andrajos, y todas las cosas visibles presentaban un ceño como si en ellas se estuviera incubando Dios sabe que morbo. Sin embargo, en la expresión huraña de aquella gente acosada por la penuria había como una feroz intuición de la posibilidad de rebelarse y de luchar. Desalentados y huidizos como parecían, no faltaban entre ellos ojos llameantes, ni labios apretados, lívidos de tanto reprimirse, ni frentes contraídas en torvas arrugas que recordaban la soga del patíbulo, objeto sin duda de las cavilaciones de aquellos hombres en su doble posibilidad de sufrirla un día o aplicarla al cuello de sus opresores […]. Las mal empedradas calles, con sus mil charcos y tropezaderos, carecían de aceras, pasándose sin transición de los portales al arroyo y viceversa, y para acabar de arreglar las cosas, corrían los desagües por mitad de la calzada…, cuando corrían, claro, que era sólo después de haber llovido con alguna intensidad, y entonces mostraban singulares resabios y querencias por meterse en las casas. Muy de trecho en trecho colgaban burdos faroles que se subían y bajaban mediante cuerdas y garruchas; por la noche, cuando el farolero los arriaba, encendía e izaba de nuevo, una débil hilera de pabilos mortecinos se balanceaba en lo alto con un vaivén mareante, como las luces de una embarcación en el mar. “

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